A menudo no somos conscientes de la poca información que tenemos, y si no somos conscientes de esto, entonces tenemos el fenómeno del exceso de confianza. La confianza no es un juicio, es un sentimiento.
A menudo nuestro cerebro racionaliza los pensamientos automáticos y los presenta como el fruto de un razonamiento elaborado. Pero son historias que nos inventamos para justificar decisiones que en realidad son fruto de nuestros prejuicios. Es una forma de engañarnos.
El pensamiento complejo requiere esfuerzo y a la hora de escoger entre dos caminos, nuestro cerebro suele elegir el más sencillo. El esfuerzo mental supone un costo y el cerebro tiende a economizarlo.
La alegría, la emoción o la satisfacción son más importantes en Occidente que en Oriente, donde se aprecia más la calma.
Nada es tan grave como parece cuando lo piensas.
Nos concentramos en lo que conocemos e ignoramos lo que no conocemos, lo cual nos hace confiar demasiado en nuestras creencias.
Nos concentramos en lo que queremos y podemos hacer, sin atender a los planes y las aptitudes de otros.
Para que sean útiles, nuestras creencias deben someterse a la lógica de la probabilidad.
Podemos estar ciegos para lo evidente, y ciegos además para nuestra ceguera.
Somos incapaces de desentrañar la complejidad del mundo, así que nos contamos un cuento simplificador para poder decidir y reducir la ansiedad que nos crea que sea incomprensible e imprevisible.
Tendemos a tener mucha confianza en juicios que hacemos basados en muy poca información. Es uno de los aspectos más importantes de la cognición. Somos capaces de generar interpretaciones muy rápidas; eso es maravilloso, porque nos permite actuar rápido, pero por otro lado no somos conscientes de lo que no conocemos.
Un buen líder es el que logra que la confianza colectiva en decisiones a largo plazo se imponga sobre la incertidumbre a corto plazo.
Una manera segura de hacer que la gente se crea falsedades es la repetición frecuente, porque la familiaridad no es fácilmente distinguible de la verdad.