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Viudez

La muerte del cónyuge es quizá el desafío más severo que la gente enfrenta en la vejez. En especial si es inesperada, la gente responde a dicha pérdida con incredulidad inicial seguida de aturdimiento. Sólo más tarde se siente todo el impacto de la pérdida y eso puede ser grave. La incidencia de depresión aumenta de manera significativa después de la muerte de un cónyuge (Norris y Murrell, 1990). Más aún, un estudio a largo plazo de varios miles de viudos de 55 años en adelante reveló que casi el 5 por ciento de ellos murieron en el periodo de seis meses que siguió a la muerte de la esposa, una cifra que está muy por arriba de la tasa esperada de mortalidad para los hombres de esa edad. A partir de entonces, la tasa de mortalidad de esos hombres regresa gradualmente a un nivel más normal (Butler y Lewis, 1982). Quizá porque no están acostumbrados a cuidar de sí mismos, los hombres parecen sufrir más que las mujeres por la pérdida de la pareja. Pero en tanto que las mujeres tienen una expectativa de vida más larga, hay muchas más viudas que viudos. Por ende, los hombres tienen una mayor oportunidad de volver a casarse. Más de la mitad de las mujeres mayores de 65 años son viudas y la mitad de ellas vivirán otros 15 años sin volver a casarse. Por razones diferentes entonces, la carga de la viudez es pesada tanto para los hombres como para las mujere