Partera
La partera que presidía el evento no tenía entrenamiento formal; ofrecía “consejo, masajes, pociones, irrigaciones y talismanes”. A veces se empleaban ungüentos de grasa de serpiente, agallas de anguila, polvo de pezuña de burro, lengua de camaleón o piel de víbora o liebre para frotar en el abdomen de la futura madre a fin de aliviar su dolor o apurar el parto; pero “los gritos de la madre durante el parto se consideraban tan naturales como los del bebé al nacer” (Fontanel y d’Harcourt, 1997, p. 28).
Dada la falta de conocimiento preciso sobre la anatomía femenina y el proceso del alumbramiento, los servicios de las parteras a veces causaban más daño que bien. Un texto del siglo XVI instruía a las parteras a estirar y dilatar las membranas de los genitales y cortarlas o romperlas con las uñas, instar a las pacientes a subir y bajar escaleras gritando a todo pulmón, ayudarlas a parir presionando su estómago y jalar la placenta de inmediato luego del parto (Fontanel y d’Harcourt, 1997).
Luego de nacer el bebé, la partera cortaba y ataba el cordón umbilical y limpiaba y examinaba al recién nacido, evaluando reflejos y articulaciones. Las otras mujeres ayudaban a la nueva madre a lavarse y vestirse, hacían la cama con sábanas limpias y le servían comida para restaurar su fuerza. Luego de unas cuantas horas, las madres campesinas regresaban al trabajo en los campos y las mujeres más ricas o nobles permanecían “recostadas” y descansaban durante varias semanas.